La batalla de Tetuán

 

La batalla de Tetuán

La batalla de Tetuán

“La infancia es la patria de cualquier persona, porque es entonces cuando mejor funcionan los aparatos de la imaginación. Y porque casi todo está por hacer. Pero después, ¿qué se ha hecho? Y qué efímeros son los recuerdos de la niñez. Con qué cuidado fabricábamos canicas de barro como si fuesen planetas. La madre cosiendo todo el día en la máquina Singer. Caligrafías infantiles en fríos pupitres.

 

Recuerdo también una tarde en la playa de Laida, cuando una señora les decía a tres niños aldeanos que veían por primera vez el mar:

 

– ¡Pero niños, por qué no hablais en cristiano!

 

Se quedaron apocados y callados como si les hubieran repartido, en vez de caramelos, vergüenza. La lengua del poder llevaba aquel día blusa amarilla y pendientes de perlas.

 

–  Españolez eitteko esan gure dau!

 

 ‘¡Quiere decir que hablemos en español!’. Las olas se cerraban como párpados antes de llegar a la arena, Tampoco en aquellos tiempos había mucha esperanza, salvo la de que cada cual jugara con su propia sombra.

 

Con la gramática del poder sucede que nunca se sabe exactamente con qué dispositivos cuenta ni cómo funciona. Además de las evidencias de capitales, armas y leyes, echan manos invisibles como redes sobre las personas. La gramática del poder se refleja también en el habla:

 

– ¡No seas moro –le dice una persona a otra.

 

Y poco después:

 

– Ese es un talibán…

 

Cuando los talibanes son esos desarrapados del país reventados por los bombardeos de los noticieros. Pero es la jerga convencional, el lenguaje dominante. Explosivos lanzados a cualquier punto, desde aeronaves no tripuladas enviadas desde el otro lado del mundo. A veces hablamos una lengua, y otras veces es la lengua la que habla por nosotros.

 

Es la pesada lengua del poder, a menudo, la que mediante los televisores a todo color y en conexión permanente dice qué hay que saber y qué hay que decir. Por eso se llaman ‘medios’ y exponen un mensaje permanente: que los afortunados se merecen la fortuna de que disfrutan, y que los desdichados se merecen su desgracia. Es la lengua que impone el permanente descrédito a los oprimidos y el renovado desprecio a los perdedores.

 

– Nunca hemos escrito sobre Mohamed.

 

– ¿Y para qué quieres escribir sobre Mohamed? ¿Qué vas a conseguir con eso?

 

Da la impresión de que escribir hoy día acerca del pasado y sobre el poder es un ejercicio de anacronismo. Como si fuera una caligrafía que ha quedado ya fuera de lugar desde que los que mandan organizaron nuestras vidas a manera de un self-service. Es como romper el plato en que te dan de comer. No es un gesto bonito, no queda amable, no es así como llega uno a que le publiquen en una editorial de Madrid o París.

 

Además, el vascuence ya se ha normalizado en Laida; el euskera ha sido reconocido como idioma español. De todas maneras, seguimos siendo Mohamed de alguna manera, como aquellos niños aldeanos que vieron por primera vez el mar una tarde de 1967, o como los tudelanos de 1119. Y somos judíos alemanes también. Aunque somos Mohamed. Todos somos moros, por una razón o por otra, pero somos moros, sobre todo porque los moros no existen.

 

O, por lo menos, no hay por qué ser moro. Sucede que, en contraste con átomos y minerales, somos objetos y sujetos al mismo tiempo”.

 

SARRIONANDIA, Joseba. ¿Somos como moros en la niebla?

 

 

 

 

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Obra: La batalla de Tetuán. Marià Fortuny, 1863-1865. Óleo sobre lienzo.