Una boda

 

Una boda

 

Una boda

“Algunas miradas penetrantes vampirizan, parecen sorberte la sangre; otras son acogedoras, como una transfusión. Comentando con los válidos anécdotas en las que nos hemos sentido observados con insistencia suelen argumentar que se trata de gente “inculta”. Parece como si quisieren exculpar a sus congéneres. No he llevado a cabo una observación sistemática pero creo poder aventurar que la gente que mira con insistencia no necesariamente es inculta (…)

 

 

A priori es el sexo del mirón lo más determinante son las mujeres quienes miran con mayor insistencia; mujeres, a su vez, cuidadoras, que no cuidadas. A nivel social, las clases bajas e incluso indigentes casi nunca miran, quizá porque el handicap socioeconómico que sufren les impide detenerse en la observación de la desventaja física, que no es drama alguno mientras no afecte a los suyos. Para las personas de esos grupos sociales “nosotros discapacitados” no nos diferenciamos de los demás a pesar de la imagen porque aparentemente no tenemos problemas de “subsistencia” como ellos. El otro extremo de la escala social es sorprendente: miran, y sin rubor alguno, aun cuando su poder adquisitivo no les ha privado del acceso a la cultura, ergo no es un problema de formación. El handicap físico, la deformidad, la diferencia notable, perturba la armonía de un mundo en el que los defectos se corrigen y la fealdad y la poca destreza se camuflan. Claude Veil dice que gracias al minusválido, el hombre “sano” se siente sano.

 

 

El nivel de instrucción y la capacidad adquisitiva no parecen ser los parámetros que expliquen las diferentes actitudes que tienen los válidos con relación a la discapacidad, pero sí hay algo de ello con relación a las diferencias culturales. Hockenberry habla de las resultantes entre la población blanca y la población negra en Norteamérica: “Las personas blancas me ignoran o hacen como si no existiera mientras que cada persona negra que se me acerca me ofrece su ayuda sin que se la solicite”. Yo misma experimenté una proximidad parecida en Estados Unidos, porque en diversas ocasiones fueron personas negras quienes me abordaron simplemente para contarme algo porque tal vez yo también era diferente. A la cajera de unos grandes almacenes de San Francisco le gustó mucho mi bolso “porque es negro, como yo” y un camionero neoyorquino me preguntó desde la cabina de su vehículo que cuáles eran mis ordenes porque yo llevaba una gorra con una inscripción en la que podía leerse: “BOSS”. En el hospital de Texas donde estuve ingresada siempre fueron las enfermeras y los celadores negros los que se permitieron tutearme y gastarme bromas constantemente sobre mis discutibles preferencias musicales”.

 

ALLUÉ, Marta. DisCapacitados. La reivindicación de la igualdad en la diferencia

 

 

 

 

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Obra: Una boda. Olga Sacharoff, 1919-1923. Óleo sobre lienzo.