De izquierda a derecha se disponen, a manera de friso en una repisa, una serie de recipientes de diferentes formas y medidas: un plato de estaño que contiene un bernegal de metal dorado, una alcazarra sevillana de las llamadas de cascarón de huevo, un búcaro de Indias y otro plato de metal con otra alcazarra llena de agua, todos de tamaño natural. Un potente foco de luz moldea desde la izquierda los volúmenes de los objetos y destaca sus colores dorado, rojo y blanco de la oscuridad del fondo. Se trata de una creación misteriosa, de características muy especiales, que la asemejan a una pintura de vanguardia y que posee toda la sabiduria compositiva, rigor y serena quietud del arte de Zurbarán. Sin un atisbo de naturaleza viva y en medio de un silencio intenso, la disposición en hilera de las vasijas, casi ritual, podría evocar según el espíritu barroco, la mesa del altar. Hay que apuntar, por otra parte, que no se trata de sencillos cacharros, si no más bien de objetos que superan la condición popular, ya que tanto el bernegal dorado como el búcaro de Indias eran piezas raras que no se utilizaban a diario y solían servir para el adorno. Francesc Cambó poseyó dos ejemplares de esta obra, ambos iguales y autógrafos del maestro extremeño: el que aquí se comenta y otro que se conserva en el Museo del Prado. Por lo que afecta a la cronología de ejecución no existe unaniminidad entre la critica especializada, ya que mientras hay quien las situa entre 1635-1640, recientemente se ha propuesto los años de su última etapa madrileña hacia 1650-1660.
La Inmaculada Concepción, muy joven y resplandeciente, con los bucles del cabello resbalándole sobre los hombros y las manos orantes, dirige, intercesora, la mirada hacia el cielo. Viste túnica de seda rosa y manto azul oscuro, luce un collar de pedrería con el anagrama de la salutación angélica: A(ve) M(aria). Reposa sobre cinco querubines asentados en los cuernos de una luna transparente como un globo de cristal. Trece estrellas y un sinfín de cabecitas angélicas se confunden con las nubes formando el círculo de la aureola que circunda su cabeza y se abre al firmamento. Del mar de cúmulos bañados en luz dorada se abren dos cavidades con ángeles desnudos con lirios y rosas (atributos de la concepción sin mancha y maternidad virginal de María) y dos tablas de marmol con inscripciones del Cantar de los cantares: QUAE EST ISTA y AURORA CONSURGENS (¿Quién es ésta que se asoma como la aurora… bella como la luna, resplandeciente como el sol?). A cada lado los símbolos de la letanía: Espejo sin mancha, Escalera de Jacob, Puerta del cielo y Estrella de la mañana. En la zona inferior, ya fuera del escenario sobrenatural, un paisaje en contraluz con más alusiones marianas y dos colegiales que elevan el rostro recitando estrofas de la salve Ave Maris Stella. El asunto representa el “glorioso privilegio” de María como el único ser mortal que se libró del pecado original, un argumento doctrinal de larga tradición, que gozó de gran fortuna en la pintura española del Siglo de Oro. Zurbarán realizó muchas versiones del tema, pero la que aquí se comenta es, sin duda, la mejor de las que produjeron sus pinceles alcanzando con ella las más altas cotas de la pintura universal.
Crist crucificat abans d'expirar, amb expressió angoixada, boca entreoberta i mirada suplicant vers el cel, davant un fons fosc i un paisatge sota el que s'entreveu a la penombra, que s'inspira en els textos dels evangelis. Es coneixen 24 versions de Zurbarán amb el Crist Crucificat. La nostra té molta semblança amb una que prové del convent de caputxins que es conserva al Museo de Bellas Artes de Sevilla (núm. inv. E.175.P.). Zurbarán va utilitzar un Crist Crucificat, de col·lecció particular, que està firmat i datat el 1655, per a la disposició de la figura a la creu.







