El apóstol Bartolomé, casi desnudo, excepto por la sábana blanca que lo cubre mínimamente, está sobre una piedra mirándonos indefenso. Un sayón ebrio de vino le despelleja con sádico regocijo, sin esperar a que su compañero tenga bien sujeta a la víctima. Una escultura clásica con la cabeza de Apolo, pero que debe identificarse con la del dios Baldach, aparece por el suelo en añicos. Al fondo con la cabeza cubierta, dos sacerdotes son testigos del horrendo suplicio que tiene lugar al aire libre y a la luz del día. La pintura sigue el texto Vorágine en la Leyenda Áurea, un argumento que es la versión cristiana de la fábula de Marsias, el fauno que sufrió el mismo castigo que el apóstol Bartolomé, fue despellejado vivo. En ambos casos se trata de un tema de martirio y tormento físico que, en su doble versión, cristiana y pagana, interpretó con magistral crudeza el Españoleto. Una pieza extraordinaría, entre las mejores del catálogo de Ribera, que pudo ser la que estuvo en la Galeria Española de Luis Felipe de Orleans en París entre 1838 y 1848. Para admiración del público, llegó a inspirar unos versos al poeta Téophile Gautier (1811-1872) en su libro Ribeira de 1845: “Tu sembles enivré par le vin des suplices,…/Avec quelle furie et quelle volupté/Tu retournes la peau du martyr qu'on écorche/Pour nous en faire voir l'envers ensanglenté”. Esta admiración debió contagiar a su vez al ilustrador Alexandre de Riquer (1856-1920), que la adquirió para su colección y años después la vendió al Museu.







