Un hombre de mediana edad sentado en un plinto de piedra resalta la monumental figura, en tres cuartos ligeramente a la derecha, sobre fondo liso de gama terrosa. Lleva recio manto de paño marrón que cubre la túnica roja y oculta la masa voluminosa del cuerpo. Luce cabellera negra, barba canosa ondulada y tez tostada con arrugas profundas, mientras que un halo de luz alrededor de su cabeza declara su santidad destacándola de la oscuridad. Los dedos de la mano izquierda aparecen tímidamente sobre el grueso libro que indica su condición de apóstol. Arriba, a la izquierda, hay la inscripción: S. PAVLVS, texto que conecta el personaje con el apóstol de los gentiles, sin que aparezca la espada, su único atributo conocido. Por otra parte si bien la aureola confirma la santidad, el marcado aire intelectual evoca a los filósofos que pintó Ribera. Reconocida unanimamente por la crítica como obra de Velázquez, fue Mayer (1921) quien formuló la hipótesis de que perteneciese a la misma serie que el Santo Tomás del Museo de Orléans. Ambos lienzos se han asociado con los que vio Antonio Ponz (1778) en la Cartuja de las Cuevas de Sevilla y con un apostolado que estuvo en el convento de San Hermenegildo de Madrid. El San Pablo es, en efecto, un ejemplo soberbio del primer quehacer del Velázquez sevillano. Dentro de este contexto, hay que observar su vinculación estilística con el Ramon Llull (MNAC/MAC 24244), dos obras “riberianas” que son referencias fundamentales para el estudio de la asimilación y expansión del caravaggismo en España.







