El monasterio de Sant Pere de Rodes es un monumento único en el estudio del arte románico. Su peculiar historia contemporánea, marcada por el abandono, la destrucción, la admiración romántica y la recuperación de la memoria patrimonial, lo ha convertido en mito. Ubicado en el Cap de Creus, en una ladera de la montaña de Verdera sobre el horizonte del mar Mediterráneo, es uno de los ejemplos más logrados de la relación entre arquitectura y paisaje. Un entorno, el Alt Empordà, que Manuel Brunet describió como «un eje alucinante». Aquí trabajó el escultor más genial, inclasificable e internacional del románico catalán, el llamado Maestro de Cabestany, también conocido como el Picasso del siglo XII.
En Sant Pere de Rodes emprendió su obra más ambiciosa: la portada occidental (c. 1160-1170), hoy destruida, que es el centro de esta exposición. Su producción, que imita el arte de los sarcófagos de la antigüedad tardía y reaprovecha mármoles antiguos, se puso al servicio del prestigio de la abadía empordanesa, construido sobre una ambición: convertirse en una especie de segundo San Pedro del Vaticano. Primero, a finales del siglo X, como un sustituto de la peregrinación a Roma y, más adelante, en la segunda mitad del siglo XIV, con el establecimiento de un jubileo a imitación del romano.
En la alta Edad Media, el monasterio de Sant Pere de Rodes reunió un importante patrimonio territorial gracias a las generosas donaciones del conde de Empúries, Gausfredo, entre los años 945 y 974. El núcleo de su dominio correspondía a los actuales municipios de Port de la Selva, Selva de Mar y Llançà. También incluía el derecho de pesca sobre la laguna de Castelló que, a partir del siglo XVIII, empezó a secarse. Aunque la decadencia de la abadía se inició en el siglo XV, las guerras con Francia de los siglos XVII y XVIII la aceleraron. Los saqueos comportaron pérdidas importantes, como el espolio de la Biblia de Rodes, que hoy se conserva en la Bibliothèque nationale de France. Sin embargo, con el traslado de la comunidad benedictina a Vila-sacra (1798) y, posteriormente, a Figueres (1818), el monumento y sus tesoros quedaron desprotegidos. Y en ese momento la portada del Maestro de Cabestany fue vandalizada, desmontada y dispersada. Convertido en una ruina romántica, el monasterio no empezó a recibir una protección efectiva hasta su declaración como Monumento nacional en 1930 y el impulso de figuras como Joan Subias Galter. Más recientemente, los programas de excavación, investigación y restauración llevados a cabo por la Generalitat de Catalunya a finales del siglo XX activaron la recuperación y salvaguardia del conjunto monumental.
El primer abad de Sant Pere de Rodes, Hildesindo, estableció vínculos muy estrechos con la Santa Sede. Obtuvo bulas papales para proteger el monasterio ante otros poderes laicos y eclesiásticos (974) y asegurarse de que se convirtiera en un lugar de peregrinación (979). Sobre estas bases se desarrolló una narrativa propia que, a través del arte, las ceremonias, las reliquias y las leyendas, ponía de manifiesto la sacralidad y la antigüedad del lugar, así como su vínculo con el apóstol san Pedro y la Ciudad Eterna. De esta forma, los peregrinos que no pudieran acudir a San Pedro del Vaticano podían obtener en Rodes las mismas indulgencias. Se decía que las reliquias «petrinas» que atesoraba la abadía habían llegado milagrosamente en un barco desde Roma a principios del siglo VII. Y, desde mediados del siglo XIV, se instaura un jubileo, a imitación del año santo romano, cuando la fiesta de la Invención de la Santa Cruz (3 de mayo) caía en viernes. En época moderna, esta celebración incluía la apertura de una puerta santa en la galilea o atrio, el espacio donde se levantaba, en el interior, la portada del Maestro de Cabestany (c. 1160-1170).
Esta portada, por el reaprovechamiento de mármoles antiguos, el protagonismo de san Pedro y la presencia de la barca como metáfora de la Iglesia, expresaba la misma voluntad antiquizante y de adhesión a Roma. Por otro lado, el hecho de que la galilea fuera un espacio ceremonial y funerario explica que muchas imágenes e inscripciones reflejen rituales pascuales y purificatorios siguiendo los usos benedictino-cluniacenses.
La creación de la figura del Maestro de Cabestany es obra del historiador catalán Josep Gudiol i Ricart. En un artículo publicado en 1944, lo presenta como un escultor románico extraordinario, que se caracteriza por el gusto por las figuras monstruosas, la deformación, un canon extravagante y composiciones desorganizadas. La historiografía catalana e internacional le fueron atribuyendo, como artista anónimo e itinerante, un conjunto de obras distribuidas por el arco del Mediterráneo occidental, que va desde la Toscana a Navarra, pasando por Languedoc y Cataluña. También se ha destacado que la inspiración directa de su arte en sarcófagos tardorromanos le habría permitido crear un arte original, y eso le ha valido el sobrenombre del Picasso del siglo XII.
Los misterios sobre su formación y trayectoria, su presencia en Rodes reutilizando mármoles antiguos de Carrara y del Proconeso, y las dudas expresadas por algunos autores sobre la existencia de este maestro y su radio de acción han contribuido todavía más a engrandecer el mito. De ese modo, tanto el Maestro de Cabestany como Sant Pere de Rodes se han convertido en dos de los temas más universales del arte románico catalán.